Feliz cumpleaños, vocación.
A partir de hoy mi vocación es mayor de edad. A partir de hoy mi vocación puede votar, entrar a un table y/o estar en la cárcel.
Hoy hace dieciocho años empecé a escribir.
El 23 de Marzo de 1994 mataron a Colosio, yo tenía nueve años y aunque entendía que era lo que había ocurrido, las implicaciones del “magnicidio” (¿se acuerdan de la palabra?) se me escapaban. Lo que sí alcanzaba a ver era un cambio radical en los adultos a mí alrededor que no había visto nunca: Estaban confundidos, algunos, y asustados, la mayoría. Por primera vez en mi vida noté que los adultos no tenían todo bajo control.
En el estudio de mis padres la tecnológicamente avanzadísima computadora 486 aún olía a nuevo y en ella estaba contenida mi mas grande obsesión de esos momentos, buscaminas. Llevaba semanas tratando de entender las reglas del puto juego por pura deducción (jamás lo logré) de modo que para alejarme un poco del hoyo negro que angustia que era mi casa en ese momento, pedí permiso para encender la computadora (que raro se siente escribir eso ahora) y me puse a jugar buscaminas o a intentarlo.
Tras un rato, me puse a escribir en Word.
No es que hasta ese punto de mi vida yo no hubiera escrito nada, ni que este programa fuera algo nuevo para mi, al contrario, como buen sujeto experimental de mis pedagogos padres yo tenía, para mi solito, una máquina de escribir en la que me gustaba escribir. Pero hasta ese momento lo que escribía en mi maquina provenía de la creatividad natural que tienen los niños. Era como embadurnar el papel con pintura o hacer monigotes con plastilina, lo hacía por hacerlo, lo hacía por ese instinto mamífero que nos llama a jugar.
Ese día algo cambió. Ese día no escribí por jugar o más bien, ese día sin que yo me diera cuenta, el juego cambió o yo cambié al juego, o el juego me cambió a mi, quien sabe. El hecho es que en lugar de transcribir comics de Garfield me puse a escribir que había pasado ese día y como me hacía sentir ello. Por primera vez, sin que lo supiera, el texto se volvió un espejo o quizá por primera vez reconocí mi rostro en él.
Me gustó lo que sentí cuando me dí cuenta que había terminado de escribir. De hecho hasta el día de hoy el proceso de escribir me llega a ser hasta odioso, lo que me gusta es el sentimiento de haber escrito.
No voy a decir, pues sería decir mentiras, que en ese momento supe que había encontrado mi vocación en la vida, pero igual que unos años después, al descubrir la masturbación, pensé “esto es padre, tengo que hacerlo más seguido”.
Lo que es innegable es que ese día, por primera vez, escribí.
Quizá ahora, al escribir lo que siento sobre lo que sentí al escribir, estoy escribiendo por segunda vez.


