Mi abuelo
Es gracioso como los números graaaaaandes y redoooooondos
hacen que nos sintamos comprometidos a decir algo al respecto de ellos. ¿Se
acuerdan de la expectativa/mansa paranoia con la que esperamos durante todo
1999 la llegada del año 2000? Es inevitable, creo. Cosas de ser simios con
pulgares oponibles que basan su sistema numérico en el número de dedos que
pueden ver sin hacer mucho esfuerzo.
En fin.
El día que cumplí 10,000 días de vida mi abuelo materno
cumplió veinte años de muerto. A veces me gustaría ser como esos loquitos que ven
belleza en una bolsa de plástico bailando con ayuda del aire y encontrar
indicios de algo sobrenatural en las coincidencias numéricas. Pero nomás no me
nace. Diez mil días son diez mil días y ya.
Mi abuelo quizá tampoco hubiera hecho mucho alarde al
respecto o quizá si, no lo se. A pesar de que recuerdo con lujo de detalle un
par de momentos con el, se ha vuelto casi un ser mítico, como Hércules o El
Santo tengo más viva una idea legendaria de quien era mi abuelo que un recuerdo
nítido de Ramón Durán, la persona.
Y es que la leyenda de mi abuelo si bien no es vasta es muy
prolífica pues mi abuelo, cuenta la leyenda, hacía todo. Esto no es una
hipérbole, no hay tal cosa en el mundo de las leyendas, mi abuelo era capaz de
hacer todo.
Mi abuelo fue, entre otras cosas, pastelero, carnicero,
fotógrafo, carpintero, mecánico automotriz, mecanico electricista, abarrotero,
tlapalero, coleccionista de timbres, clavos, tuercas, tornillos, autógrafos y
fotografías. Pintor de naturalezas muertas, pintor de brocha gorda, presidente
de cajas de ahorro, organizador de retiros espirituales, niño criptocatólico
(durante la guerra cristera), director y guionista de teatro, tramoyista,
músico, sacristán, catecista, chofer.
Uff.
En un mundo perfecto un hombre con tantos y tan variados
talentos estaría destinado a la prosperidad, pero como era de esperarse en el
mundo en el que vivimos mi abuelo siempre fue pobre. De nuevo, cuenta la
leyenda que el mismo decía que sabía hacer de todo, menos dinero.
Como buen ancestro legendario las vocaciones de todos sus
nietos remiten invariablemente a alguno de sus talentos y oficios pero de
manera indirecta pues murió cuando yo, el nieto primogénito, era muy joven.
Apenas tuvo tiempo de enseñarme rudimentos de carpintería y a leer la hora en
relojes de manecillas. Todo lo otro que me une a él, lo tuve que aprender por
mí mismo.
El dia que yo cumplí diez mil días de nacido y mi abuelo dos
décadas de muerto fui a pagar la cuota anual de la cripta donde están
depositadas sus cenizas. Si creyera en las historias en las que el creía con
devoción, creería que él está en el cielo, enseñándole a niños muertos todas
las cosas que no pudo enseñarme a mi.


