Mi reservación.
El toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet. Es un mundo abigarrado, caricaturesco, vivísimo y entrañable el que vivimos los que, un día soñamos con ser toreros.
Camilo José Cela
Sí, en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme.
Fernando Savater
Esto no pretende ser un manifiesto a favor de la tauromaquia. Esto no pretende ser tampoco una apología por la misma. No creo que ninguna manifestación cultural deba defender o justificar su existencia. Esto tampoco es una chispa para encender una fútil polémica con quien después de leer esto esté en desacuerdo conmigo; los comentarios están como siempre abiertos pero quien deje como comentario las razones por las cuales mis argumentos son inválidos estará perdiendo su tiempo y su virtual tinta pues no voy a argumentar nada.
Esto pretende ser, simplemente, el momento (un texto es un momento) donde hablo del por qué disfruto y amo como a muy pocas cosas en la vida la Tauromaquia. Si quien esto lea concuerda con mi visión o la detesta, no es problema mío.
Comienzo ya.
Una de mis novelas gráficas favoritas es Transmetropolitan, escrita por Warren Ellis, la cual narra cinco años en la vida de Spider Jerusalem y la ciudad en la que vive (versiones cyberpunk de Hunter S. Thompson y Nueva York, respectivamente.)
En esta ciudad existen "reservaciones" terrenos enormes donde decenas de voluntarios ceden todas sus posesiones terrenas así como las ventajas tecnológicas y genéticas de su propia época para ser insertados, por el resto de su vida, en una reconstrucción perfecta de un tiempo anterior al suyo. En algunas reservaciones se practica la mutilación genital en las mujeres y en otra los sacrificios humanos. En esta última, ciertas partes del sacrificado se arrojan a un río sagrado, el cual es la única fuente de agua potable para los habitantes de la reservación lo cual matara a todos de una manera inminente antes de diez años. A pesar de todo eso los creadores de las Reservaciones no cambian nada de las acciones de los habitantes pues comprometería la veracidad de la reconstrucción en la que viven. Estos lugares tienen dos misiones: Primero que nada ofrecer un escape absoluto a quienes no toleran vivir más tiempo en la post post post post post modernidad, pero también la de mostrar a los (aparentemente pocos) visitantes experimenten de manera directa un lugar y un tiempo que no existen más.
La fiesta brava es mi reservación.
Entrar a una corrida de toros es asomarse a un momento y a un lugar que no existen más en este mundo. Un momento y un lugar donde los alguaciles tienen (¡TIENEN!) que ser dos, tienen (¡TIENEN!) que ir a caballo, tienen (¡TIENEN!) que recoger la llave de toriles, tienen (¡TIENEN!) que vestirse como si vivieran en el siglo XVIII, tienen (¡TIENEN!) que “despejar” la plaza y tienen (¡TIENEN!) que encabezar el paseíllo donde los matadores tienen (¡TIENEN!) que ser tres y tienen (¡TIENEN!) que caminar según su antigüedad, a la derecha el más veterano al centro el menos y a la izquierda el intermedio. Después tienen (¡TIENEN!) que salir los banderilleros de cada torero, luego tienen (¡TIENEN!) que salir los picadores y luego el arenero.
La corrida de toros es el único momento y lugar donde las hasta las más pequeñas nimiedades tienen un protocolo. Sólo aquí se puede ser testigo de un verdadero ritual de iniciación (tomar la alternativa) sólo aquí el que está en medio de la plaza no lleva ni cascos ni coderas. Sólo aquí se espera que Dios reparta suerte, no bendiciones ni castigos, suerte. Sólo aquí momento el cornúpeta no es visto como fuente de alimento, sólo aquí quien representa a la razón y a la civilización se enfrenta cara a cara con lo que representa a la naturaleza y a lo salvaje, vamos, que sólo en la plaza de toros sigue siendo relevante el enfrentamiento entre lo dionisiaco y lo apolíneo.
Al igual que Spider Jerusalem no quiero que este tiempo y este lugar vuelvan, ni yo quiero vivir en ellos, pero creo que la experiencia de que una manifestación cultural te permita entrar por unas horas a ese mundo tan ajeno es única, inimitable y no se le puede poner precio por más extraño y contradictorio que les (¿nos?) pueda parecer a los posmodernos.


