Estamos hasta la madre.
Estamos hasta la madre de desayunar, cada mañana, cuerpos con huellas de tortura y narcomensajes cuyo contenido es casi tan horroroso como su ortografía.
Estamos hasta la madre de salir a la calle todos los días esperando que hoy no nos toque encontrarnos en un fuego cruzado.
Estamos hasta la madre de no poder decidir quién es el peligro más grande, el ejército del narco o el ejército federal.
Estamos hartos de que el poder ejecutivo nos repita una y otra vez, en la tele, en el cine, en la radio y en los periódicos que esta guerra es por nosotros cuando, que yo recuerde, nadie la pidió.
Estamos hasta la madre de esta mentalidad de prohibir lo que “hace daño” como si fuéramos menores de edad o una bola de estúpidos. “Vivir mata. Prohibamos vivir”.
Estamos hasta la madre de las camisas Polo con numeritos pululando en las calles.
Estamos hasta la madre de vernos reflejados en ese espejo que es el narcotráfico y su sanguinario modo de proceder. Viva el libre mercado ¿no?
Estamos hasta la madre de que se trate a los adictos como criminales y no como minusválidos. ¿Dónde está el teletón que ayude a los que no pueden vivir sin una muleta química?
Estamos hasta la madre de vivir en un país con ínfulas primermundistas pero que sobrevive por el petróleo y las remesas.
Estamos hasta la madre de que ser narcotraficante sea una vía rápida al endiosamiento.
Estamos hasta la madre de ser vecinos del mayor consumidor de drogas en el mundo y ser los que tengan que limpiar el desmadre.
Estamos hasta la madre de los que preguntan “y después de Estamos hasta la madre ¿que?” No se si son ciegos o solo pretenden serlo. Esto es una catarsis, un vómito negro que es imposible seguir guardando más tiempo.
Estamos hasta la madre de los que solo dicen que estamos hasta la madre.
Estamos hasta la madre, por fin, de la hipocresía, de las mentiras y del miedo.
(No sé si estamos todos hasta la madre de todo lo arriba descrito, pero yo sí lo estoy.)


