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06 agosto 2010 

Recuerdos hipócritas

La primera novia que tuve fue una chica tres o cuatro años mayor que yo. Sabía quién era J.R.R Tolkien y no le importaba salir a la calle con una blusa comprada en Comercial Mexicana (mind you, en aquellos años la palabra “Hobbit” aún no formaba parte de la cultura popular y como las chavas con las que había convivido desde la primaria habían dado los primeros pasos a convertirse en las perras superficiales que hoy son, las dos razones mencionadas fueron suficientes para que me pareciera la mujer más interesante sobre la faz de la tierra). La conocí en lo más alto de la pirámide del Tepozteco, después de una caminata de subidita que por poco me cuesta la vida. Pero esa es otra historia.

Esta chica se llamaba Alissa– se llama pues contra todo pronóstico mantengo aún el contacto con ella – también fue la primera que me rompió el corazón en mil pedazos, pero esa es otra historia.
Me hice novio de Alisa de la manera más cliché que puede existir, en un festival escolar del catorce de febrero (chale) Yo tenía el corazón latiéndome en la garganta donde también sentía anudados mis pubertos güevos por lo que, en ese nudo de virtuales tripas jamás pude preguntarle ¿“quieres ser mi novia”?. Solo atiné a balbucear incoherencias mientras al fondo sonaba Tarkan (un one hit wonder de finales del milenio pasado) pero esa también es otra historia.

El punto es que nos hicimos novios y decidimos celebrarlo agarrándonos a besos en el jardín de mi escuela. En un lugar que nos pareció alejado de miradas indiscretas pero, misterios de la arquitectura, era el maldito punto de fuga de toda la escuela.
Todo esto tiene la finalidad de contarles que unos días después en clase de civismo una compañera aprovechó el tema que veíamos para “acusarme” con el profesor. Le parecía de no era decente (sus palabras) que dos personas se besuquearan a la vista de todo mundo. El profesor, afortunadamente, era una persona racional y dijo algo así como que era asunto mío y que no tenía nada de malo. La niña se frustró al ver que su acusación había caído en saco roto, pero creo que yo me frustré más pues nunca en la vida alguien se había metido, con alevosía, ventaja y ganas de chingar, en mi vida erótica. La primera vez que un malcogido se mete en tus asuntos te sientes extrañamente vulnerado.

Algunos meses después, casi seguro estoy que fue un fin de semana, mis padres y yo regresábamos de, probablemente, hacer el super y paramos unas cuadras antes de mi casa por alguna razón que he olvidado. Ahí me encontré con la malcogida y otras niñas que paseaban en bici. Pasaron junto a mí y me saludaron algunas cordialmente, otras por compromiso, pero nunca olvidaré que la malcogida en cuestión al verme hizo una mueca de incomodidad y miedo. Cuando se fueron me pareció buena idea salir también a pedalear, asi que después de bajar las bolsas fui a buscar mi bici que estaba estacionada en el jardín trasero de mi casa pero ¡oh sorprais! No estaba. Alguien se la había chingado.

Yo estaba más sorprendido que enojado o triste pues el fraccionamiento morelense donde crecí es un lugar segurísimo. Nunca pasa NA-DA. Las puertas de carros y casas están sin seguro. Que alguien hubiera entrado al jardín y se hubiera robado mi bicicleta era poco menos que inverosímil.

Unas horas después la famosa malcogida y sus amigas llegaron a mi casa, con mi bicicleta. Dijo que la había encontrado abandonada en un terreno baldío a unas cuadras de la casa, las amigas guardaban sepulcral silencio y miraban al piso.
Sientan el olor a mentira del párrafo anterior. Es obvio ¿Cómo sabia que la bicicleta era mia? Si alguien se carrancea una bici ¿la abandona a unas cuadras? Si ya se iba a llevar algo ¿Por qué solo la puta bicicleta? Todo eso me lo pregunté también, pero en el momento no lo mencioné. La cara de la malcogida seguía siendo de terror e incomodidad. Con eso tenía yo.

La obvia verdad salió a la luz el lunes en la mañana. Una amiga de la multimencionada no pudo con el peso de su conciencia y me confesó que ella había acompañado a esta niña a meterse al jardín trasero de mi casa y “tomar prestada” mi bicicleta “ella me dijo que se habían vuelto amigos – me dijo la arrepentida cómplice – y que se tenían confianza para tomar la bici sin decirte”

Ese mismo día tuvimos clase de civismo y pude quitarme el amargo sabor de mi erotismo vulnerado con el dulce y delicioso sabor que solo puede dar el mostrar al mundo (al salón) la enrojecida cara de una hipócrita que comete actos reprensibles mientras condena los inofensivos.

Le gustabas a la hipocrita.

Lo contrario al amor es la indiferencia.

No le parecias indiferente

Es como el niño que le pega chicle al cabello de una niña.

Simplemente no sabia como llamar tu atencion

:), tuvo su merecido!!!!...

Me gusta la historia, me gusta tu narrativa.... me gusta la delicada y diplomática venganza!!!....

jajaja genial historia y narración. Y cómo abundan los malcogidos, no? Chale...

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