"Ask not for whom the bell tolls For it tolls for thee"
Hace ya algún tiempo escribí lo significan Los Simpson en mi vida, una especie de presencia inagotable, han estado ahí desde que tengo uso de razón y nunca han dejado de estarlo. Todo en mi vida, todo, ha cambiado de un modo u otro y de las pocas cosas que han permanecido en su lugar son Los Simpson.
Los Simpson son como mi abuela materna; ella existe desde mucho antes de que yo e incluso mis padres – como indica la lógica – nacieran. mis abuelos paternos y materno murieron cuando yo era muy niño y hoy son, para mí, figuras casi míticas, tengo uno o dos recuerdos vívidos de cada uno pero poco a poco se han ido desvaneciendo y para bien o para mal son casi solo figuras lejanas. Ellos son mi origen, no solo literalmente sino que son ya tan lejanos y vagos como Mi Origen.
Pero yo se bien que algún día, más pronto que tarde, mi casi omnipresente abuela morirá, así como algún día, espero más tarde que pronto, morirán mis padres y algún otro día, aún más lejano, moriré yo. Y antes, quizá, de que eso ocurra Los Simpson terminarán.
Por supuesto, a estas alturas Los Simpson son inmortales, es muy probable que como sus antecesores Los Picapiedra o sus hipotéticos sucesores los Supersónicos la caricatura se transmita durante décadas hasta que sus chistes y sus referencias culturales sean obsoletas (¡con un carajo! Muchas de ellas YA LO SON) pero el punto es que llegará el día en que FOX, Matt Groering o alguien más diga “listo, se acabó, Esta es la última temporada de Los Simpson” y habrá lágrimas y correrán ríos de tinta que dirán mejor o peor que yo lo mucho que esta familia gringa significó para generaciones de fans.
Y seguramente, en algún lejano punto del Siglo XXI yo conoceré a un niño, que nació después de ese día. Que si bien probablemente conozca a Los Simpson ellos ya no formen parte de “su época”, que será, me guste o no, “MI época”
Ese dia, no importa la edad que tenga, seré viejo. Y conocer a ese niño será como si la muerte me toque el hombro con su huesudo dedo y me recuerde lo inevitable de mi desaparición. La muerte en forma de niño me dejará en la boca el amargo sabor de la inevitabilidad.
Y yo no podré hacer otra cosa que temblar de miedo, con ese miedo cabrón y humano que solo nos da una certeza inamovible.
Ay güey.
Pero yo se bien que algún día, más pronto que tarde, mi casi omnipresente abuela morirá, así como algún día, espero más tarde que pronto, morirán mis padres y algún otro día, aún más lejano, moriré yo. Y antes, quizá, de que eso ocurra Los Simpson terminarán.
Por supuesto, a estas alturas Los Simpson son inmortales, es muy probable que como sus antecesores Los Picapiedra o sus hipotéticos sucesores los Supersónicos la caricatura se transmita durante décadas hasta que sus chistes y sus referencias culturales sean obsoletas (¡con un carajo! Muchas de ellas YA LO SON) pero el punto es que llegará el día en que FOX, Matt Groering o alguien más diga “listo, se acabó, Esta es la última temporada de Los Simpson” y habrá lágrimas y correrán ríos de tinta que dirán mejor o peor que yo lo mucho que esta familia gringa significó para generaciones de fans.
Y seguramente, en algún lejano punto del Siglo XXI yo conoceré a un niño, que nació después de ese día. Que si bien probablemente conozca a Los Simpson ellos ya no formen parte de “su época”, que será, me guste o no, “MI época”
Ese dia, no importa la edad que tenga, seré viejo. Y conocer a ese niño será como si la muerte me toque el hombro con su huesudo dedo y me recuerde lo inevitable de mi desaparición. La muerte en forma de niño me dejará en la boca el amargo sabor de la inevitabilidad.
Y yo no podré hacer otra cosa que temblar de miedo, con ese miedo cabrón y humano que solo nos da una certeza inamovible.
Ay güey.


