La infancia de algunos termina el día que se enteran que los reyes son los padres, la de otros después del primer día de escuela o tras darse cuenta que aquellos que consideraban dioses no son más que una pareja inestable, en fin, las lápidas de cada infancia tienen distintos epitafios.
Mi infancia terminó cuando me enfrenté a la irreversibilidad absoluta.
Felipe – Pipe para los cuates y la familia – era alto, de cuerpo atlético, su pelo era negrísimo y lacio, siempre perfectamente bien peinado, su piel era apiñonada y su voz, que es lo que mejor recuerdo, era grave y bien entonada.
También era, casualidades del cosmos, mi primo hermano e ídolo de mi infancia.
Durante años fue el primo perfecto ya que era lo suficientemente grande como para hacer cosas de adulto – manejar y fumar – pero lo suficientemente chavo como para jugar Nintendo horas enteras, jugar fútbol en el jardín de su privada o hasta llevarme al centro comercial por helado.
Del aprendí cosas elementales como el uso correcto de la palabra “pendejo” a hacer yo-yo con las flemas, a hacer bombas con el chicle, a chiflar, a eructar, a pedorrearme, a tirar un penalti y a llegar al mundo ocho del Super Mario.
Pipe fue además, desde pequeño me cuentan, un tenorio, un player, un coscolino (en palabras de mi abuela). Más de una vez el cabrón me ignoró olímpicamente en el parque al ver una niña que le gustaba.
Alguna vez me hizo su cómplice, nos organizamos para que yo me fingiera perdido y llegara llorando con la chava que él había visto, para que, después de mi actuación desolada y digna de un Oscar él llegara “aliviado” a “encontrarme” para luegoestablecer una conversación con la chava en cuestión. (Sé lo que están pensando, eso pasó en una película de Adam Sandler. Les juro que a Pipe se le ocurrió primero, de hecho cuando vi esa escena por poco me cago.)
Recuerdo claramente una noche, que debió haber sido un viernes. Yo me ponía la pijama y el se arreglaba para salir con sus amigos; yo observaba su ritual con mucha atención, pues me parecia inverosímil que alguien “se vistiera” en la noche, cuando terminó de arreglarse sacó de su closet un frasco verde que llamó mi antención.
- ¿Quézeso Pipe?
- Loción
- ¿Y para que sirve?
- Mira, mono, ven.
Volteó la botella en la yema se su dedo y la llevó a ambos lados de mi cuello.
- A las viejas les encanta esto, pequeño.
El olor que me llegó era fuerte, pero agradable. Me di cuenta que era a lo que Pipe olía todo el tiempo, sentir que de pronto ese olor emanaba de mí me hizo sentir grande o más bien, me hizo darme cuenta que cuando yo fuera “grande” a eso debería oler.
Algunas noches después, Pipe murió de la manera mas estúpida que puede haber, manejó ebrio, al salir de una discoteca, rumbo a su casa.
Cuando me dijeron la noticia no la procesé muy bien al inicio, es decir, no cabía en mi cabeza que alguien “muriera” sin haber antes sido viejo. Mi abuela paterna había muerto solo un par de semanas antes. Fue hasta algunos días después de su funeral, cuando al entrar a su cuarto, noté que el olor a Brut se había ido. Tuve así la primera la obscura iluminación de mi vida, valga el oxímoron.
“Pipe se fue y sin importar cuanto llore o que tan bien me porte, no va a regresar.”
No es que le reclame haberse muerto, eso seria estúpido, simplemente ocurre que lo que hoy se de cazar tatuajes lo tuve que aprender por mí mismo, durante la primera adolescencia, epoca incómoda si las hay, hubiera matado con tal de que Pipe regresara y me dijera de nuevo “A las viejas les encanta esto”.
A pesar de todo esa primera y ultima lección se me quedó grabada, su olor de grande es ahora el mío. Sigo usando la misma loción que el me enseño
¿Y saben?
Tenía razón.