Para la
Trompetista de Falopio. Gracias por la idea
Sentada en un mullido y viejo sillón, Pilar leía algún texto de Piaget, le gustaba (y aun le gusta) destrozar las ideas constructivistas en publico, no solo luchaba por la calificación sino también, en secreto, para quedar bien con aquel maestro que le lanzaba constantes miradas que tenían poca academia y mucha lascivia.
Nunca supo que fue lo que la hizo separar los ojos de la lectura y moverlos hacia el antiguo espejo que colgaba en la pared; solo supo, con certeza que en él se proyectaba un reflejo a pesar de que no había nadie enfrente.
La silueta era borrosa, pero aun se podían adivinar los ojos de mirada penetrante bajo un velo negro, los cabellos eran rizados y el mentón prominente. Su cabeza se movía a los lados con lentitud, como si buscara algo desde el otro lado del cristal.
Pilar gritó desde el fondo de sus pulmones, desde el fondo de su alma. Su madre, Alicia, llegó corriendo a su lado, asustada, primero, por lo inesperado del grito, después por la palidez verdosa del rostro su hija y por ultimo por el llanto infantil que de ella brotaba.
Esto no fue ni por mucho un incidente aislado. Esa misma semana Pilar vio a la Luctuosa (nombrada así por el incesante humor negro de Alicia) al menos otras tres veces, su hermana Silvia la vio también. Guadalupe, la menor, nunca pudo verla pero afirmaba haber soñado con ella algunas noches. Solo la matriarca era inmune, quizá gracias a su Fé inquebrantable o quizá porque creía que sus hijas veían cosas “porque no tenían un hombre que les cumpliera y les quitara las pinches telarañas de la cabezota”
La Luctuosa siguió visitando a las hijas durante un par de meses, algunas veces se le veia caminando rápidamente frente a la ventana de la alcoba, a veces en sueños de las tres, pero el lugar predilecto era ese espejo antiguo del que nadie recordaba su origen.
La gota que derramó el vaso ocurrió una tarde cuando toda la familia comía tranquilamente alguno de los guisos que Alicia había preparado durante toda la mañana.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos los crucifijos de la casa se vinieron abajo. En un segundo la media docena que adornaban la casa cayeron al suelo, rompiéndose algunos, cuarteándose otros. En la puerta, en las recamaras y en el estudio, todos, en el piso, simultáneamente.
Ni Alicia pudo ignorar que había algo por lo menos extraño.
Al día siguiente ante la insistencia casi histérica de las hijas, Alicia trajo a un sacerdote a que bendijera la casa. Para la tarea elijó a su confesor, quien al igual que ella, consideraba innecesario todo el proceso, sin embargo trajo una pequeña cubeta de metal y un hisopo de oro. Llenó el pequeño recipiente, le impuso sus arrugadas manos y bendijo el agua.
Caminando ceremoniosamente y rezando fueron salpicado las paredes de la casa, el padre guiaba mientras las hijas contestaban los rezos, esperando que esto les evitara futuras apariciones y futuras visitas al psiquiatra.
Alicia no rezaba, en su florido lenguaje veracruzano maldecía y calificaba de chingaderas lo que estaban haciendo, en voz alta les regañaba a sus hijas ya que según ella “Dios no se ocupa de los asuntos de tres pinches viejas locas”.
Su protesta fue interrumpida por un gemido profundo, de dolor inmenso.
Imposible no oírlo.
El padre se quedó paralizado, su mano se mantuvo helada en ademan de arrojar el agua, con el hisopo aun entre los dedos. Las hijas lloraban y Alicia, por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin palabras.
El gemido había salido del antiguo espejo, al ser salpicado por el agua.
(Esta historia me la contó mi abuela Licha varias veces, esta es mi versión con un poco de sal, pimiente y algunos trapitos al sol)