Si todo sale bien, Leonardo, el más pequeño de mis sobrinos abandonará, en unas horas la Unidad de cuidados postnatales después de varios meses durante los cuales nadie sabía a ciencia cierta si sobreviviría.
Las preocupaciones empezaron desde hace mucho; el embarazo de mi prima fue difícil y tuvo que estar en absoluto reposo durante meses.
A pesar de todas las precauciones Leo nació sexmesino, pesando una cantidad absurdamente pequeña de gramos. Durante el tiempo que estuvo en la incubadora (¿se llama así?) Hubo problemas grandes y pequeños, cada día que pasaba era otro día que el pequeño había sobrevivido. Y ahora, después de meses y meses de esa asquerosa situación que es la incertidumbre, Leo pronto estará, ahora si, entre nosotros.
Huelga decir que estoy feliz por ello. Los varones Guillén tenemos un refuerzo más en el equipo – y mucha falta que nos hacía, de cinco años para acá han sido puras niñas las nuevas agremiadas – y este
rookie promete.
Dentro de todo el alud de buenas noticias ha habido algo que me causa un sentimiento raro que no se si llamar tristeza o envidia: En los correos electrónicos, llamadas y mensajes de celular que han diluviado desde hace una semana una palabra se ha repetido mucho: Milagro.
Mi familia ha decidido achacarle a Dios todo el mérito de que Leo salga del hospital. Ignorando o menospreciando las horas de esfuerzo de doctores y enfermeras, de la presencia inquebrantable de Papá y Mamá y finalmente la misma voluntad y fuerza de Leo. ¿Dios? ¿a que horas?
No me causa incomodidad que ellos lo vean así, no creo que con ello afecten a nadie, es sólo que a veces, muy de vez en cuando me gustaría poder experimentar ese gozo metafísico de pensar que realmente hay un señor grandote barbón sentado en un trono allá en el cielo y que es bueno-bueno-bueno. Tan bueno que haciendo a un lado cosas tan grandes como, me imagino, la formación de una nueva galaxia, bajó a esta ciudad, a ese hospital y a esa cuna y puso algún extraño semáforo en verde para que mi sobrino duerma hoy por primera vez en su casa. Hay noches en las que me gustaría creer eso, porque lo admito, es hermoso.
Aunque, claro, hubiera sido más hermoso que este señor barbón fuera tan bueno-bueno-bueno como para formar a mi sobrino bien desde un inicio y así ahorrarnos los putos meses de incertidumbre, evitarle a mi prima sentir un horror inenarrable por la impotencia de no poder hacer nada por su hijo o al menos haber hecho la llegada de Leo a este mundo un poquito más cómoda. Digo ¿qué le costaba a este hipotético señor barbón en el cielo?
En fin, lo importante es que terminó la espera, terminó la angustia y terminó la incertidumbre: Leonardo,
aquel con la fuerza del león, ha llegado por fin; haciendo honor a su nombre. Albricias y rockanrrol.