Cuento Puerco I
Patricia, como otros cientos de miles de habitantes móviles de la Ciudad de México tenía que entrar a la Línea Dos a las seis en punto de la mañana si quería llegar apenas puntual a su clase de ocho. Recorría la ciudad de punta a punta junto con una legión de bultos de carne que tenían más prisa que ella y menos ganas de realmente ir.
Por lo general este recorrido le drenaba las pocas ganas de vivir que uno puede tener cuando el sol aún no acaba de salir y el frío aire de Tlalnepantla se estrella dolorosamente en la cara de los transeúntes. Pero la idea de la noche anterior estaba funcionando de maravilla, caminaba lentamente, con la mente distraída del frío, del cansancio y del largo recorrido que la esperaba. Bajó las escaleras de la estación pisando con cuidado cada escalón. Disfrutando de las sensaciones que cada paso le daba.
Viajar en el metro de la Ciudad de México implica experimentar, en un momento u otro, una cercanía excesiva con tus vecinos. El hipotético "espacio vital" es un lujo que nadie goza en las horas múltiples horas pico. Las pieles se rozan por fuerza, las manos se tocan por error y los vahos se mezclan por más que uno trate de evitarlo. Por lo general Patricia se asqueaba cuando una piel sudorosa y desconocida se acercaba a ella, algunos por que simplemente no hay otro lugar a donde ir y unos cuantos que aprovechaban la impenetrabilidad de la materia para sentir por unos segundos, con la mano o con la entrepierna, la suavidad de las nalgas de Patricia.
Esa mañana nada podía molestarla, Patricia permanecía con los ojos cerrados disfrutando cada una de las variedades de movimiento que este viaje le estaba dando, en parte era el mismo recorrido de cada mañana pero nunca había sentido como hoy: los súbitos enfrenones del vagón, la creciente velocidad entre estaciones, los pequeños brincos de la vía e incluso los rozones, inocentes o lujuriosos, hacían que su cuerpo se moviera de una manera distinta que ella disfrutaba mucho. Un par de estaciones antes de llegar a su destino un hombre chocó accidentalmente con ella y la pequeña colisión estuvo a punto de romper su serena cara. usó cada fibra de su ser para no gritar de gusto o siquiera morderse el labio - que pedía a gritos contacto con el diente - se había propuesto llegar a la escuela sin que nadie notara nada.
Una ola de sentimientos encontrados la inundó cuando se dio cuenta que sólo faltaba una estación para llegar a la escuela. Una parte de ella quería permanecer en el vagón hasta que el tren diera la vuelta y regresar a su casa para ver que más podía sentir pero otra empezaba a cansarse e incluso a dolerse de esta pequeña aventura y pedía regresar a la normalidad. El metro se detuvo bruscamente en medio del túnel obscuro, una especie de claustrofobia expectante se comenzó a apoderar de ella. El final estaba muy cerca y eso la consolaba y también la torturaba. Se movía nerviosa apoyando una pierna y luego la otra. Seguía sintiendo todo y no sabía si eso la molestaba o la fascinaba. Empezaba a ser demasiado.
El tren por fin tomó velocidad nuevamente y se detuvo unos metros mas adelante, Patricia corrió a la puerta del vagón y el movimiento brusco de sus piernas le causó un placer-dolor tan grande que por poco cae de rodillas. La prisa y el masoquismo la obligó a continuar caminando a grandes zancadas, sintiendo cada centímetro, cada paso. Los doscientos metros que separaban la escuela de la estación le parecieron kilómetros. Atravesó la puerta del plantel a punto de estallar en un llanto de dolor mezclado con risas de absoluto y total placer.
Como pudo entró al baño y se encerró en un gabinete; aquello había dejado de ser divertido, era momento de terminar. Bajó sus bragas y separó las piernas. Con todo cuidado, milímetro a milímetro, extrajo de su núbil coño el dido rojo, que había metido ahí antes de abandonar su casa. La vibración aun lo hacía gruñir como una fierecilla salvaje. Con parsimonia Patricia lo apagó y suspirando lo guardó en su mochila.
Era momento de iniciar el día.
Por lo general este recorrido le drenaba las pocas ganas de vivir que uno puede tener cuando el sol aún no acaba de salir y el frío aire de Tlalnepantla se estrella dolorosamente en la cara de los transeúntes. Pero la idea de la noche anterior estaba funcionando de maravilla, caminaba lentamente, con la mente distraída del frío, del cansancio y del largo recorrido que la esperaba. Bajó las escaleras de la estación pisando con cuidado cada escalón. Disfrutando de las sensaciones que cada paso le daba.
Viajar en el metro de la Ciudad de México implica experimentar, en un momento u otro, una cercanía excesiva con tus vecinos. El hipotético "espacio vital" es un lujo que nadie goza en las horas múltiples horas pico. Las pieles se rozan por fuerza, las manos se tocan por error y los vahos se mezclan por más que uno trate de evitarlo. Por lo general Patricia se asqueaba cuando una piel sudorosa y desconocida se acercaba a ella, algunos por que simplemente no hay otro lugar a donde ir y unos cuantos que aprovechaban la impenetrabilidad de la materia para sentir por unos segundos, con la mano o con la entrepierna, la suavidad de las nalgas de Patricia.
Esa mañana nada podía molestarla, Patricia permanecía con los ojos cerrados disfrutando cada una de las variedades de movimiento que este viaje le estaba dando, en parte era el mismo recorrido de cada mañana pero nunca había sentido como hoy: los súbitos enfrenones del vagón, la creciente velocidad entre estaciones, los pequeños brincos de la vía e incluso los rozones, inocentes o lujuriosos, hacían que su cuerpo se moviera de una manera distinta que ella disfrutaba mucho. Un par de estaciones antes de llegar a su destino un hombre chocó accidentalmente con ella y la pequeña colisión estuvo a punto de romper su serena cara. usó cada fibra de su ser para no gritar de gusto o siquiera morderse el labio - que pedía a gritos contacto con el diente - se había propuesto llegar a la escuela sin que nadie notara nada.
Una ola de sentimientos encontrados la inundó cuando se dio cuenta que sólo faltaba una estación para llegar a la escuela. Una parte de ella quería permanecer en el vagón hasta que el tren diera la vuelta y regresar a su casa para ver que más podía sentir pero otra empezaba a cansarse e incluso a dolerse de esta pequeña aventura y pedía regresar a la normalidad. El metro se detuvo bruscamente en medio del túnel obscuro, una especie de claustrofobia expectante se comenzó a apoderar de ella. El final estaba muy cerca y eso la consolaba y también la torturaba. Se movía nerviosa apoyando una pierna y luego la otra. Seguía sintiendo todo y no sabía si eso la molestaba o la fascinaba. Empezaba a ser demasiado.
El tren por fin tomó velocidad nuevamente y se detuvo unos metros mas adelante, Patricia corrió a la puerta del vagón y el movimiento brusco de sus piernas le causó un placer-dolor tan grande que por poco cae de rodillas. La prisa y el masoquismo la obligó a continuar caminando a grandes zancadas, sintiendo cada centímetro, cada paso. Los doscientos metros que separaban la escuela de la estación le parecieron kilómetros. Atravesó la puerta del plantel a punto de estallar en un llanto de dolor mezclado con risas de absoluto y total placer.
Como pudo entró al baño y se encerró en un gabinete; aquello había dejado de ser divertido, era momento de terminar. Bajó sus bragas y separó las piernas. Con todo cuidado, milímetro a milímetro, extrajo de su núbil coño el dido rojo, que había metido ahí antes de abandonar su casa. La vibración aun lo hacía gruñir como una fierecilla salvaje. Con parsimonia Patricia lo apagó y suspirando lo guardó en su mochila.
Era momento de iniciar el día.





